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A finales de junio de este año sufrí un accidente, una mala caída cuya consecuencia, fractura de peroné y operación de urgencia de la que afortunadamente ya estoy recuperándome

Yo nunca había tenido ningún problema de salud y siempre me había valido por mí misma.

Presumía de tener un sistema inmune autosuficiente, al que me preocupaba de alimentar con paz y amor, había adecuado mi vida a mis circunstancias y a pesar de pasar por condicionamientos duros, los había aceptado y hecho mi zona de confort, buena o mala.

Sentirme dependiente, necesitar ayuda para conseguir hacer ciertas cosas, por culpa de un tobillo rebelde, fue para mí cómo un cisne negro que incluso me lo tomé con humor y deportividad, para hacer aquellas cosas que nunca te permites, por falta de tiempo, terminar ese curso atascado, esa formación incompleta, ese cuadro en el pensamiento que finalmente se materializa y te pide que le sigan muchos más…

Sentir lo poco empática que había sido con la gente con dificultades físicas, sin pararme a pensar ni por un momento en el dolor que se siente, en el esfuerzo diario, en la falta de autonomía y libertad para hacer ciertas cosas.

He de decir que he tenido a mi lado gente maravillosa que me ha ayudado, empezando por mi hija y sus fantásticas dotes culinarias, por los taxistas que me llevaron dónde yo no llegaba,  los amigos que impulsaron mi estupenda silla de ruedas y yo misma que hice de mi caída una novedad interesante que cuidar y sacar adelante.

Descubrí igualmente el mundo quirófano, nuevo para mí, excepto en mis dos partos, recordaré siempre el estupendo camillero que mientras me llevaba a la sala de operaciones, me realizó una entretenida tournée por el Miguel Servet, presentándome amablemente a nuestro paso ventanas, ascensores y mi futura sala de despertar de la anestesia…que por supuesto pedí a la carta y sin restricciones y la anestesista fue tan profesional que lo primero que escuché al despertar fue, al médico comentar a su compañera, esto ya está listo y terminado.

He de decir que han pasado ya casi tres meses eternos, en los que he perdido la noción del tiempo, en los que he agradecido la estacionalidad para poder ir a la piscina y recuperar mi chamuscado tobillo que va tomando color y fuerza.

Meses en los que me he desesperado observando mi lenta evolución, mi paso a paso para ir pudiendo hacer semana a semana cada vez más cosas, pero todavía no suficientes.

Meses en los que te das cuenta de la fragilidad de la vida, de lo importante, de lo accesorio, de lo valioso y lo superfluo.

Meses en los que he necesitado alejarme de cualquier cosa, situación o persona que me produjese dolor, porque por primera vez la prioridad era yo, quererme y cuidarme.

Leía, leo ávidamente ciertos post y autores y rechazaba sin ningún atisbo de contemplación todo lo que me producía inestabilidad y esfuerzo de adaptación.

Puedo decir que en estos momentos soy más yo que nunca, que ya no pretendo esconder lo que no me gusta, ni alardear de lo que sí, simplemente ser, sentir, estar en paz, en armonía, reconocer lo que realmente me llena, me estimula y me da vida.

Porque la vida es un regalo que en ocasiones maltratas, juzgas, rechazas y cuándo te enseña su fragilidad, empiezas a amarla y amarte de nuevo.

UN REGALO LA VIDA…!